martes, 14 de febrero de 2017

Relato corto: "CUPIDO DESENCADENADO" / Fantasía.


                          
Jorge Valentín Miño
Febrero 14 / 2017                                                                 
                                                                             
La central de radio patrulla dio un 744 junto a un 822, eso significa “alteración del orden” y “persona armada con posibles rehenes”. Encendí la sirena y zambullí el pie en el acelerador. En poco aparcaba el auto a unas cuadras del evento. El resto del trayecto lo hice a pie. Desenfundé el arma atento a cualquier amenaza.
Mis compañeros ya habían acordonado el área, la cinta amarilla de peligro cercaba a los curiosos fuera del operativo. Agazapado, tomé posición de tiro detrás de una escultura moderna en piedra y hierro.
Muy pegada a mí, la suboficial Cataña exudaba un agradable perfume a madera y cítricos; consideré inoportuno preguntarle la marca; de todas maneras, ese instante me percaté de que su olor corporal le cambiaba con las circunstancias: en la estación de policía olía lo mismo que un grillo cantando en medio de una batalla a piedras y palos. Recalco que según aumenta su grado de estrés ella vigoriza favorablemente su latigazo odorífero. Huele a hembra en su íntima esencia.
–Idiota. Te vas a quedar allí, mordisqueando el aire con tu estúpida narizota o vas a proponer un plan. –Sus palabras me devolvieron a la realidad y sí, tenía razón; era una enorme narizota de legado napolitano. Fruncí el entrecejo y desvié los sentidos lejos de ella.
–El tipo –me ponía al tanto de los eventos– ha herido a los que circulaban por el parque, está armado de arco y flechas.
Gisella Cataña hizo una pausa para aplastar la cabeza a tierra a un civil que había burlado las seguridades y se había acercado hasta nosotros. Era uno de los facultativos del hospital cercano, venía en bata de trabajo y reveló que el “delincuente” era uno de sus pacientes que había escapado esa mañana (camisa de fuerzas incluida) y se había tomado el parque para aterrorizar a la ciudad.
–Metámosle un tiro en la cabeza y larguémonos de aquí, tengo que sacar a mi hijo de la escuela en una hora –propuso ella sarcásticamente. Al médico no pareció importarle el comentario, carraspeó antes de soltarnos detalles: lo suyo es personalidad múltiple con delirios de persecución, en definitiva tiene pelados los sesos y se cree Cupido. Impresionante lo de que había ganado medallas de oro en Tiro con arco Olímpico en Los Ángeles 84 y Seúl 88.
–Hey ¡pisst!... pissst! Nos llamó la atención Fonseca, el jefe, a salvo en la retaguardia, apoltronado tras la custodia del enorme vehículo del noticiero. Los del canal habían traído el grande, el de dos parabólicas para transmitir en directo. Nos replegamos con cautela.
–¿Patata fría o caliente? –dijo Fonseca acariciando su ralo bigote.
En la jerga eso de la patata significaba si la cosa estaba fácil o había que tomar medidas drásticas.
–Le ocultan los arbustos, está fuera de tiro, hay que acercarse. No hay rehenes, ni parece tener demandas.
–Iré yo. Con una de dardos que nos preste el zoológico, lo sedo en el acto con un tercio de la dosis que usan para los leones –propuso Gisella entusiasmada.
La propuesta tenía sentido. Antes de que el jefe asintiera, ella se había levantado para vociferar a los subalternos que le consiguieran un arma de sedantes y en poco estaba ya en camino.
La maniobra no resultó tan acertada después de todo, los paramédicos se aproximaron a la zona cero atraídos por el grito de la dama, en poco pasaba en camilla, bocabajo, luciendo una flecha que le había calzado el orate en pleno glúteo. Contuve las ganas de reír. Fonseca escupió una baba espesa y se tomó del estómago haciendo el rudo comentario de que la tauromaquia le daba asco: por lo visto en su cabezota no hay diferencia entre una banderilla, una flecha o una hipodérmica.
–¡Tranqui Gise!, mandaré a ver a tu hijo con alguien –le consolé y respondió con una mueca de asentimiento mientras era conducida a la ambulancia.
–Rápido, está por anochecer. Sigues tú novato –dijo el jefe dirigiéndose a mí. Yo era un poli antiguo y siempre, para joderme, me trataba así de “novato” el muy cabrón–. ¿Se te ocurre algo? -Concluyó, poniendo las manos en jarras y elevándose de puntillas. Mi respuesta le sorprendió. Yo soy de los que prefieren dejar la dirección a los jefes, no es que no tenga iniciativa, sino que “ni te prestes ni te niegues” como decía la abuela. Propuse:
–Sí… mire Fonseca, me pongo unas alas, bajo de un helicóptero, le meto el cuento de que soy Zeus, el padre del Olimpo y le ordeno que me entregue el arco y las flechas.  
Fonseca soltó una sonrisa redonda, de tan amplia y profana me dio la impresión que al reír se tocaba la comisura de la boca con las arrugas de la frente. Acompañó la expresión con una ruidosa palmadita de felicitación en mí espalda.
–Entiendo la analogía. Adelante, bien pensado oficial, vaya a ver su traje, creo que si se desnuda, alquila unas alas, se pone una túnica y ensaya una voz más enérgica, estará bien. Recuerde, Zeus era un tipo duro, se casó con su hermana, era lascivo, libertino; rayos, ninfas, truenos y centellas son sus cartas. Yo le consigo el helicóptero de inmediato. ¡Prepárese!
Fonseca se volcó hacia los aparatos de comunicación para hacer llamadas importantes y gestionar el pájaro. Tapó el auricular para añadir en voz baja: “No se quede allí parado, muévase, ¡muévase!”.
–Lancé la idea pensando que se entendería como una ironía y resulta que le daba alas. Lo que en realidad quería el viejo era ponerme en ridículo frente a los del noticiero, fulminado por una flecha y colgando de un helicóptero.
Cierta vez, en la escuela primaria salí como uno de los enanitos de Blanca Nieves, al que le dicen “Estornudo” e hice un lago parlamento cuando enmudeció el chico que escenificaba al príncipe. Era lo mejor en suplantaciones que había hecho y ahora intentaría esto.
El helicóptero era un Bell 136, nos lo prestaba el hijo del alcalde, el de la Policía estaba en sus últimas horas de vuelo y lo reservaban para el desfile del 24 de Mayo. Resultó holgado, no tuve que doblar las alas para entrar y gracias a su formidable ecualizador de sonido y los megaparlantes de la cabina entré en escena con el background de truenos y centellas, al mejor estilo de “Thor contra los invasores del espacio” de Kuvisa.
Disfrutaba el descenso cuando los colores de la salud me abandonaron de repente al situarme frente al tipo que tensaba su arco y apuntaba, pero se contuvo de disparar, reaccionando favorablemente a mi atuendo. El cable me puso en tierra.  Allí estaba, tenía en mí delante al mismísimo señor de las ninfas celestes y dios del amor.
–¡Hijo de Ares y Afrodita, entrégame el arco! –dije con autoridad, estrangulando el músculo pubococígeno para no mearme del miedo. El querube desmontó de su hombro el arco y me lo entregó sin chistar. Reflexionaba en que a este “Cupido” en particular, guiado por la tierra bajo sus uñas, debía gustarle la jardinería y alentado por esta aura de familiaridad que proporciona la negociación con delincuentes, decidí que calmaría su ansiedad con el comentario orientado a sus cultivos; se notaba que eran rosas las que cuidaba (rasguños en sus manos). Pero fui más concluyente y dejé los rodeos al ordenar–: También las flechas… por favor.
Por un descuido de mi parte, había puesto en evidencia el micrófono adherido a mi pecho en virtud del cual los de control se enteraban de los avances. El aparato chirrió con la estática.
–¿Qué son esos artilugios que te cuelgan? Me quedan cinco flechas, justo las que necesito para herirte los cinco sentidos. Te las entrego solo si me das evidencia de que eres Zeus. Responde: ¿En qué convertiste a la ninfa Quelona por rehusarse a asistir a tu boda con Hera? ¿Qué hiciste contra Hera por intentar ahogar a Heracles con una tormenta? ¿Cómo recompensaste a Tiresias?...  por fallar a su favor cuando, con Hera,  debatían sobre cuál de los sexos obtiene más placer al hacer el amor.
El silencio fue mi cadalso. Si me hubiese preguntado por las tres leyes de la robótica, la tenía ganada, pero esto me complicaba. No supe responder. El tipo me clavó una de las flechas entre las costillas mientras lanzaba una grotesca carcajada capaz de ahuyentar en estampida a las mismas piedras.
Entrenado a diario con las embestidas de los rudos enfermeros del psiquiátrico, resistió el asalto del escuadrón que se le figuró apenas una partida de estetas que hacían contacto para tomarle medidas para un traje de invierno. Faltó decir que el tipo era corpulento y se veía rudo, en contraposición a los cálidos amorcillos que adornan el arte religioso del renacimiento italiano. Opuso resistencia sin dejarse atrapar y corrió para escapar entre los edificios habitacionales del gueto persa.

Ha pasado mucho tiempo de estos eventos y ahora que vuelvo al parque, me veo rodeado por el vocerío de la gente que disfruta el domingo. Envuelto en el verdor del cielo y el turquesa del césped (estoy parado de cabeza en posición Zen de la escuela de maestro Hi Hun Tai) paseo la vista sobre el rocío que viste al césped, cavilo y ato cabos sueltos que me obligan a remarcar el carácter fantástico de estos hechos pues, luego del incidente, al coincidir en el hospital con Gisela, unidos por la fatalidad, como dos sobrevivientes a la caída de un rayo que se amistan y se entienden sin mascullar palabra; caímos en una curva de enamoramiento que desembocó en ruidoso matrimonio. Desde el incidente, como si las flechas hubiesen eliminado quirúrgicamente el tegumento de indiferencia que anquilosaba nuestros ojos y luego, auspiciados por los manjares del amor, nos entregamos por completo a disfrutar de los placeres de la carne y del espíritu, fusionados en el mismo crisol. Es incierto esto, difícil, tanto como delimitar con pétalos de rosa el sitio donde termina el agua dulce del Amazonas y comienza la salada del Atlántico, se hace difícil determinar si nos amábamos antes o surgió esto a raíz de que el estúpido de Cupido nos hirió con sus flechas. La dilucidación de este particular, la dejo en manos de los doctos pronosticadores del tiempo, o en su defecto a los taciturnos matemáticos que visitan los casinos y anotan obsesivos  los números de la ruleta.

Detuve la patrulla respetando un semáforo. Mientras volvía a verde, repasaba las respuestas correctas: Sí. Transformé a la ninfa Quelona en tortuga, castigué a Hera colgándola del cielo por los dedos de los pies por intentar ahogar a Heracles; recompensé a Tiresias con una vida el triple de longeva.
Va siendo hora de regresar al Olimpo. Estas visitas a los mortales me abren el apetito; un poco de ambrosia podría devolverme el semblante.  Por lo pronto me conformaría con una donas, así que aceleré el patrullero con dirección al kiosko de café y golosinas.

Jorge Valentín Miño P.
Quito / 14 de febrero de 2017.




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