jueves, 2 de noviembre de 2023

El sujeto del gabán color metralla

IA: Remix app: Prompt:  "Un violinista extraterrestre con múltiples brazos y tentáculos que toca una melodía inquietante en una espeluznante nave espacial con poca luz. Los intrincados detalles del extraterrestre revelan escamas iridiscentes y ojos brillantes, lo que se suma a la atmósfera que induce al terror. La paleta de colores es una mezcla de morados intensos, verdes y azules, lo que realza el ambiente de otro mundo de la escena". Quito marzo 2024.

Laura dormía con el biberón en la boca. Los gemelos habían salido al colegio. Sonó el claxon allá afuera. Helena lucía un vientre con seis meses de embarazo. Inició un bostezo y yo alcancé el respaldo de la silla por recelo a caer en el cráter de su boca. Volví a respirar cuando su lengua retornó  a la oscuridad del húmedo sarcófago.

—Ananías —dijo—, ¿sabías que antes del Barroco no existía la función de director de orquesta? La tarea corría a cargo del primer violín. En el XVII aparecen los primeros directores que se ayudaban con un grueso bastón para dar golpes en el suelo y así marcar el ritmo a la orquesta. Lully, un compositor francés, mientras dirigía con el bastón, se golpea con fuerza un pie, lo que deriva en gangrena.

—No lo sabía. —Ella decía estas cosas para motivarme a retomar el instrumento; hace meses que seguía en su estuche, tirado sobre el sofá del recibidor. Era predecible que Helena después abordaría la anécdota de Phillip Brain y lo de Montserrat Caballé obsesionada en llegar, con su voz, al sonido más cercano al silencio.

—…¿cómo pudo lograrlo? Aunque pensemos en complicados ejercicios vocales, la técnica de Caballé se basa en una profunda respiración abdominal y en un poderoso control de los músculos, de manera que el aire sale en nimia cantidad y, a su paso por las cuerdas vocales, produce un sonido nítido pero de escaso volumen. Así se entiende que la soprano en su primer año de canto sólo realizara ejercicios respiratorios (¡con expiraciones de algo más de dos minutos!) y ejercicios gimnásticos abdominales (tal vez viéndola hoy nos cueste creerlo). Se ha hecho famosa por su increíble pianissimo…

—¡Ya párale… amor  —bajé el tono. Si me enojaba me costaría tiempo y dinero arreglar las cosas. Tiempo me sobraba, pero el dinero no—. Está bien, haré algo al respecto; mira, he encerrado en círculos rojos algunos anuncios en clasificados.

Helena tomó el periódico de la mesita y leyó en silencio, luego aventó con disgusto el papel.

—Lo tuyo es la música amor. La mú-si-ca —dijo, espaciando las vocales para volverlas una triada. Luego retiró un cuarto objeto sobrante de la mesilla, se trataba de mi pipa que la había olvidado junto al televisor. Ella es así, obsesiva en mantener el número tres a su alrededor: a veces sospecho que tiene un tercer ojo que lo abre para dormir.

—Qué pasa ¿no dices nada?

—Imaginaba solamente; pero... Sí, tienes razón.

Me retiré a la sala para abrir la maleta. La luz solar bañó el violín de un perlado café rojizo. Bajé la tapa con violencia para interrumpir la seducción y me aparté convulso y transpirante. El violín me tentó a levantarlo, como si fuese el niño Dios y yo un aprendiz de santo; digno ya de tomarlo en brazos.

Me senté en un sillón mientras Elena entraba para darme alcance:

—¿Recuerdas Ananías cuando reclamabas que yo cierre los ojos y en vez de usar el arco pulsabas las cuerdas con los dedos? Entonces entraba el violín en pizzicato, regalándome la ilusión de que las notas eran gotas de lluvia. En mi cumpleaños, decías; aún lo recuerdo textualmente: “Recurro a mi violín para entregarte los matices del rojo que no encontré en las rosas”. Desnudo, con el instrumento en la mano, entre la exigua luz de la alcoba, sobre su lánguida fosforescencia y velado espectro tocabas para mí. Frente al contraluz de la ventana te desgranabas en hondos sentimientos; en tanto que yo era capaz de confundir tu cuerpo, con un generoso tallo silvestre y meterte en un jarrón de vidrio, con agua de montaña, a que alegres la sala de estar.

 En otras ocasiones creíamos, que con avivar la chimenea y sentarnos a leer, era suficiente. Pero tú; sacabas de la manga al enigmático señor de madera, archienemigo del tedio y con un abanico de efectos enseñabas al fuego la manera correcta de comunicar su estado de ánimo.

Las veces menos beligerantes, el simple frotamiento del arco sobre las cuerdas, obraban en mí como una mullida alfombra de piel de cisne, incitándome a entrar de puntillas en una especial atmósfera de serenidad. A veces, podías incluso llegar a ser tan puro como el canto soprano de un coro infantil.

Helena resucitaba un Lázaro de días putrefactos, invocaba una geología en grises sedimentada bajo escombros de otros días más sanos.

Volvió a sonar el claxon en la puerta del condominio.

—Creo que debes marcharte, un pitazo más y se irán. Eso será todo. No eres el único músico; conozco dos o tres que, por la mitad de lo que te van a pagar, aceptarían gustosos.

Me crucé de brazos, pero solo para rastrillarlos y tomar la manija del instrumento. Para despedirme, de mala gana, le di un beso frío. Cuando se le disolvió ese mal sabor de boca, yo ya había descendido las gradas espirales y estaba en el auto que me buscaba.

Los tipos se veían rudos. Pese a los gruesos ropajes que traían, la periferia de sus tatuajes desbordaban los puños y cuello. Lucían impecables los nudos de sus corbatas rojas y cualquiera diría que eran nudos hechos con tal inmaculado artificio que estaban dignos para servir en el ahorcamiento de una hada o un elfo, hasta de un unicornio si cabe la cita.

Franqueaban mi costado, codo a codo yo en medio y en el trayecto nunca abandonaron su posición de perfil. ¿Serían útiles en caso de que alguien intentara atacarnos? En lo particular creo que eran tan innecesarios como los botones en los pechos de los hombres. Lo único que podría beneficiarse de estos gorilas serían las plantas en el ciclo oxígeno—anhídrido.

Tras pasar el puente colgante de San Anselmo y adentrarnos en el barrio chino, avanzamos por la escollera hacia la zona de pescadores. El olor a harina de pescado no pudo con el perfume de los tipos que lo detenían en seco fuera de la cabina; solo ya cuando nos apeamos es que me atraganté de súbito con una bocanada de ese brebaje marino que infestaba el aire. Dejé de toser para aceptar un cigarrillo, el humo quizás…

—Le parecerá un lugar idílico para tocar —dijo en tono sarcástico aquel que parecía ser el jefe. El otro, festejó la broma ruidosamente, se bajó la bragueta y se apartó unos pasos para mear sobre una pared de ladrillos.

Los puchos de tres cigarros yacían en el piso cuando llegaron los otros.

—Bien, es hora de la música. —dijo el jefe comprobando si traía algo en el bolsillo.

—¿Tiene la grabadora? —sondeó el otro.

—Descuida.

Era un Maverick gris con placas del Guayas el que apagaba su motor y se abría como una lata de sardinas para liberar a seis tipos gordos que se esponjaron como cabezas de fósforo.

—¿Es usted el músico? —Estrecharon mi mano—. Ha sido largo el camino. Tloum en Sirio, Malvatrix en Caciopea y de allí la Tierra. Por fin llegamos a estas tierras de órbitas cónicas. —Miraron al firmamento.

—Discúlpelo por favor, se refiera al Sol. —habló el que parecía de mayor edad.

Mientras decían esto, yo ya había ejercitado mis dedos y superado el punto de no retorno; estaba decidido a tocar.

—Entremos.

Accedimos a un edificio de una sola planta, generoso en desdentados espacios donde una vez calzaron los vidrios, un lugar bastante descuidado y con maquinaria cargada de herrumbre. Reconocí en algunos artefactos de montaje los necesarios para separar las colas de las sirenas y enlatarlas como carne del mar. Un tiempo fueron abundantes en esta zona, a raíz del efecto genoma. El asunto de qué hacer con las capturadas, en lo concerniente a la cintura para arriba, tratándose de porciones humanas. A esa pregunta le daba respuesta el ampuloso cementerio que yacía detrás del edificio; abarrotado de lápidas.

—Allí estaba el tipo para el que tocaría. Él en si era todo mi auditorio, era la multitud personal sobre la que recaería mi talento. Me sentí un poco importante, quizás, salvando las distancias, lo que sentiría Shakira cantando en privado para el sultán de Omán.

Siempre tuve la ilusión de conocer un tipo originario de Terraseis, uno de los planetas extrasolares catalogado como gemelo del nuestro. Cuando le pusieron el ojo y enviaron humanos, de seguro sus formas de vida eran primitivas y resultaría lo mismo que confraternizar, en la cabeza de un alfiler, con millones de bacterias, pero en el tiempo que tardamos en llegar allá, el  nuevo planeta desarrolló ya formas de vida más evolucionadas: tenía en mí delante a una de esas perlas.

El sujeto tenía un gabán color metralla, sé que tal definición no es un color propiamente, pero al verlo me desencadenaba un sonido en la cabeza y correspondía al que hace una metralla, por eso corresponde referirme así; por lo demás era cubos y prismas en la parte de arriba, mientras que abajo solo esferas de diferente volumen, siempre tratadas al degradé en colores apagados. Las figuras que ensamblaban su cuerpo trepidaron cuando empuñé el violín.

—Aquí lo tiene, si fuera un Picasso el joven valdría una fortuna. —rompió su silencio uno de los tipos gordos, versado por lo visto en arte y en picardías. 

—Lo vale, a su manera lo vale —argumentó otro más circunspecto, mientras apilaba sus palabras pendulando el cuello afirmativamente.

Tomé posición, y a lo que vine.

Me decidí por un fragmento del concierto para violín en mi mayor, BWV 1 042, de J. S. Bach dado su carácter alegre. A continuación, ensayaría un trecho de lo más popular de un inventivo, melódico y profundamente romántico Max Bruch en su concierto opus 26 para violín en sol menor. Para terminar, algo minimalista de Philip Glass; un extracto muy antiguo (1983) de su concierto para violín.

Con Bach, el tipo rompió el alegato de que las figuras geométricas no varían cuando son proyectadas de un plano a otro. Recreó con su sombra extrañas sinusoides contra el trasfondo de la pared. Apeándome de mala gana, hice un alto, a solicitud de los tipos, antes de arrancar con la opus 26; lapso en que me ordenaron dejarlos a solas. Me guiaron donde esperaría.

Atravesé el umbral hacia lo que otrora sería un jardín donde me entretuve imaginando las posibles flores, colores e insectos que un día zumbantes saquearían el néctar. Como si de pronto, una mano generosa me hubiese entregado un impreso en blanco y negro de las comiquitas del conejo Maplethorp y sus aventuras en Tierratres y yo debía colorearlas para entretenerme.

Devolví las pinturas a su caja cuando regresaron por mí.

—Siga, dele con más fuerza: Pizzicatos, trémolos, ponticellos, col legnos, hasta glissandos si quiere, pero dele con ganas, la cosa va bien. ¡Le gusta!, vaya que le gusta —dijo levantando las manos en aspavientos. Regresamos.

Para mi sorpresa el tipo había abandonado su posición vertical y sus sólidos geométricos yacían un tanto distanciados, irradiando una luz violácea mientras giraban sobre su eje con pasmosa velocidad.

—Siga, ¡vamos! —aguzaron.

Con Brunch, los sólidos geométricos parecían querer romper sus cadenas magnéticas y palpitaban rasgados de un siseo incómodo.

—Déjenos a solas. —se repitió la dosis. Ya conocía el camino.

—Un poco más, lo está disfrutando —me llamaron luego de un rato, ya sin entrar a verme sino solo dando un grito omnipotente desde la otra habitación.

—El terraseis, ¿se ha ido?  —ya no lo veía en su silla

—Allí está. Debe agacharse para poder verlo.

Sus formas habían sufrido una disminución de volumen y perdido el carácter translúcido. Ahora rotaban dispuestas en círculo, balanceándose como atacadas por un copón de sake.

Con mi interpretación de Grass, el sujeto creció a descomunal tamaño, golpeando una arista contra el techo y lanzando un estruendo desgarrador que me obligó a detenerme.

—¿Sigo? o ¿me voy a la salita? —busqué orientación.

—Siga. Termine; esa parte me gusta. —habló el gordo que se había abierto un emparedado y lo disfrutaba cabizbajo.

Aunque carecía del fondo de la orquesta, di los últimos arpegios con ritmo agitado, me mostraba conforme y luego vino el silencio absoluto.

Aplaudieron, uno de ellos se secó disimuladamente la mejilla, mientras el terraseis, se desinflaba para recuperar, con esfuerzo, su forma original. Me agradecieron. Uno de ellos me llevó hasta el auto y me condujo a casa.

Helena no había dormido y me recibió con una humeante taza de té. Se llevó el instrumento al cuarto bodega para ocultarlo a mi vista, ella sabía que en esas circunstancias sería capaz de echarlo por la ventana.

Me dispensó una vivaz sonrisa. Me aparté de su vista antes de que bostece y atribuí su sonrisa de satisfacción al gusto de haberse salido con la suya e imaginarse ya gastando el obeso cheque que me había ganado esa noche tocando.

Días más tarde emergía la figura de un holograma en el cuarto de comunicaciones, era una alebrestada esquela verbal del portavoz del Gabinete de Conflagración y Sosiego:

—Felicitaciones, el Concilio Galáctico se lo agradece y se da por conforme sobre su virtuosismo en las técnicas de tortura. Ni nuestros monjes inquisidores, traídos del pasado con la máquina del pretérito, han logrado lo que su violín. ¿De cuántas partes dice que está ensamblado ese aparato? y ¿en madera de que árbol? El terraseis confesó y la información ha valido para arrestar a la cúpula. Los tendremos a raya por un buen tiempo.

—Ochenta y cuatro. En madera de roble, de preferencia.

Paganini, Mintz, Ughi, Heifetz, Oistrakh, Menuhin, Mutter, son algunos de los agentes más celebres de la que yo engroso la lista. Desde que descubrieron los militares que la música del violín es tortura para los seres cubistas de Tierra Seis, los han estado rescatando, con su máquina del pretérito, para que ejecuten sus oscuros trabajillos. La diferencia con ellos es que los violinistas citados están lejos y para contar conmigo, los beligerantes solo deben tocar el claxon. Es difícil negarse si hay bocas que alimentar.


Jorge Valentín Miño / Quito - Ecuador 2023


lunes, 3 de septiembre de 2018

"Otoño retrógrado"




 por Jorge Miño. (Quito-Ecuador 1966)
Escrito en Febrero de 2018.  
Publicado en Septiembre de 2018 en I antología de Literatura Fantástica Neoindigenista.  

Las hojas fucsia de los cerezos en flor exhalan su último aliento.
El otoño llega ansioso por desplegar su paleta ocre, se presenta con puntualidad y  blande su guadaña hiriendo las hojas con desánimo para empujarlas a su suerte. Chasquean las ramas  secas a los pasos de Hisaito que va hacia el andén.
El vagón, con capacidad para cuatro, aparece en medio del chirrido del freno sónico. Desciende uno de los pasajeros; se trata de un ejecutivo en corbata y traje aluminiado que se topa el ala del sombrero y avanza con marcialidad sobre el piso de mármol. “Abríguense y si salen de casa lleven paraguas, mañana lloverá intensamente”, lanza la indiscreción y  se aleja.
La anciana, que Hisaito tiene por delante, ocupa la vacante y él se acomoda en el asiento posterior completando la cuota.
Este es su enésimo viaje y aun siente mariposas en el estómago, labios resecos, oídos taponados y deberá recuperar el gramo de peso que pierde en cada día de viaje; por fortuna se bajará en el jueves anterior y está a solo dos días retrógrados de su destino. Incluyendo en su dieta unas galletitas con margarina  volverá en poco a su peso ideal. Mínimas molestias asumidas de buena gana pero… nunca se acostumbraría.
El tubo echó a rodar y una súbita corriente de aire acarició el rostro de los pasajeros. El dispensador del antebrazo ofreció grajeas  antioxidantes.
–Los efectos colaterales son tan caprichosos como las formas de los cristales de nieve: un diseño único para cada ser humano –comentó casi a nivel de susurro la joven sentada a su lado topándole el codo para llamar su atención–. En mi caso me duelen las muelas un buen tiempo; las del juicio, estas de acá detrás –dejó la boca abierta en una “a” dilatada.
–Pruebe extirparlas, se dice que no sirven de mucho. Podría ser la primera persona que elimine los síntomas.
–Eso es imposible por la Ley de la Conservación del dolor. Stanislaw Briones lo menciona en su tratado de guías temporales. Dice que el dolor es directamente proporcional a la memoria. Es facultad instintiva preferir el recuerdo de eventos dolorosos del pasado. Flagelarse con ese dolor postizo para reforzar la obligación de tomar mejores decisiones en el presente.
–Lo he leído. La parte que habla sobre aquellos que prefieren rememorar los encuentros felices en relación a sus estadios cuánticos es reveladora. 
–Además, el lindero entre placer y dolor es tenue –echó a reír con desparpajo añadiendo una suspicaz infidencia–. En cierta ocasión se subió un tipo, era su primera vez y como efecto secundario tuvo una erección dolorosa; allí mismo donde usted está sentado, no la pudo ocultar, era muy prolongada y para “salvarle la vida”, ¡se puede morir de eso sabe!, tuvimos que drenarlo aquí mismo. Guardo como recuerdo la gillette, la de mis depilaciones, que utilizamos ese día, ya le muestro –abrió su cartera para escarbar en ella–. No la encuentro –dejó de alborotar y fijó automáticamente la mirada en Hisaito.
Hisaito se sonrojó: “!Ya le dije que mis síntomas son otros!”, exclamó soportando la incomodidad del ardor en la cara.
–Sin duda es usted un buen amante –dijo Cora. Toda esa sangre que pone a tal velocidad en la carita de ángel que trae, si llega allí de estrepitosa y bullente; madre mía yo quiero estar allí para verlo.
–¿A qué va al pasado? –dijo Hisaito para retomar querencia.    
–Sexo. Me espera un acaudalado ganadero en los campos de Dakota para hacer el amor. Le gustan gorditas, obesas, rechonchas, rellenitas; así como usted me ve –se puso de pie para exhibirse girando sobre sus tacos–.  Trabajo para el jardín sensorial de Madame Lepagé. El mejor cabaret temporal de la galaxia. Divas de todos los estilos para atender la gama entre lo romántico, en el infrarrojo, hasta la perversión gore del ultravioleta. Nos vemos cada dos meses. Abordo el tubo en mi febrero y llego en su diciembre. A razón de 400 gramos por libra, perderé un cuarto de libra cuando llegue; eso no es nada y sigo dentro de su canon estético.
–¿Usted a dónde va?
Hisaito diluyó la intención de respuesta para atender a la señal naranja  indicadora de la inminente detención.
“Primera parada Estación Rey Jorge II de Grecia. Destronado, restaurado, desterrado y reestablecido” anunció la voz mecánica, pero el vagón no se detuvo y un joven pasajero se paró indignado para lanzar improperios frente al reloj de pared que seguía su cuenta regresiva:
–Necesito bajar. Tengo un hermano a punto de sufrir un accidente y debo advertirle –se quejó enfurecido.
–Jovencito.   Igual; así se baje en  la  próxima parada, puede informar a su  pariente a que tome precauciones. No altere la paz del viaje. Que se le aparezca un minuto, unas horas, días después o incluso años no altera nada –advirtió la abuelita instaurando la calma.
Tenía razón. El tipo volvió a su asiento, avergonzado de su exabrupto, pero cuando el vagón tampoco se detuvo en la segunda, tercera, peor cuarta estación, los otros bordearon también el pánico.
–¡Bah! No se detiene esta mierda. Mi vaquero de Dakota tendrá este momento trece años de edad. Esta máquina me convertiría en una pedófila si me bajo ahora –se quejó Cora indignada.
–Paciencia jovencitos, de seguro se detendrá en mi estación. Yo voy a ver el vuelo natural del último cóndor, eso es como ir al Pleistoceno a conocer  los dinosaurios –apuntó la abuelita agitando en una mano su folleto turístico.
–Dora le retiró el billete de abordaje para comprobarlo.
En efecto, se trataba de un ticket VIP, de una fiable empresa turística, que concedía desplazamiento diagonal, es decir que podía adentrarse verticalmente en el tiempo pero con vectores sesgados en el espacio que modificaban su cronotopo: Lugar de abordaje (divergencia) año 7710 Boston. Destino (convergencia) Cordillera Pabellón, Municipio de Padvaya, año 2018.
–Imposible, ya entramos en las postrimería del siglo XX. Acabo de marcar el 611 y el reloj parlante informa que afuera discurre ya el año 1977  retrógrado –dijo Hisaito en tono pesimista.
–He cumplido los pasos indicados en la cartilla de emergencias y no pasa nada. –advirtió el joven  y se los tendió a Dora ha ver si ella podía hacerlo mejor, luego se recogió en una esquina fuera de la comodidad de su asiento. La anciana imprecaba persignándose con fatalismo.
Hisaito pensó que se iría definitivamente al infierno. Nunca fue un buen hombre, un avaro para decir la verdad y en el lecho de muerte compró un billete de varias paradas con la idea de emerger y regalar una monedita de oro a algún necesitado. Metió la mano en su bolsillo y tintineó con impaciencia el capital con que alteraría su destino.
“Bueno, podría regalar las monedas aquí mismo entre esta gente; si no nos detenemos haría eso; ojalá sirva” pensó, hallando postiza esta solución, como si ante la decapitación de María Antonieta él tapara su  cuello con una curita.
Dora, al cabo de muchos intentos infructuosos, tiró la cartilla y ocupó sus manos en atrancarse con fruición una bolsa de papas fritas. Entre bocado y bocado reveló lo que había entendido:
–Constan treinta y siete opciones de frenado. Tres son reglamentarias: hidroquantum de potencia radiada, pastillas de Bose–Einstein y discos quark. Ninguno ha valido y solo nos queda la esperanza de que se active alguno de los últimos frenos de emergencia redundante.  
La luz naranja avisó de una nueva parada en que entraría en acción el freno de tesla dispersión, pero el vagón no se detuvo y el joven desató su enojo vía certeros puntapiés en contra de la lucecita naranja. Las damas e Hisaito, en causa común, lo inmovilizaron por la fuerza. Dora sacó de su cartera una cajita de calmantes y le metió tres píldoras al hilo, mientras la recia anciana le tapaba la boca para que se las trague sin llegar a escupirlas. Aflojaron de a poco cuando el tipo, ya sedado se despatarró en el asiento.
–Si no se le para el corazón con la dosis, despertará en unas doce horas. Pobre tipo. Alguien de su familia debería viajar a este presente para advertirle que el vagón no se detendría. Incluso su hermano podría tomar un vagón retrógrado y venir a rescatarlo –dijo con humor ironizando una de las paradojas temporales. El vagón siguió implacable su marcha y los viajeros se adentraban más en el insondable pretérito.
El penúltimo freno ha sido accionado: “Asistencia metafísica”, escintilaba el texto en pantalla.

Canadá, estepa de Nunavut. Angakkuq, el chamán inuk, se detiene sigiloso e imponente levanta la quijada y apunta su frente al cielo para abrir al límite sus fosas nasales oliscando el aire. Exhala y el caldo molecular que le dejan sus inquietudes le confirma que la manada de caribúes que acecha esta cerca: orientar la buena cacería, obrar el cambio climático y curar a los de la tribu es la triada básica que se espera de él.  
Saboreaba ya en su imaginación el astado cuando se vio sorprendido por la voz de Dora pidiendo ayuda. Ningún idioma de las plantas o de las bestias le es ajeno a Angakkuq, pues el ejercicio diario de su vida asceta le coloca en un nivel espiritual tan elevado que percibe las cosas en su real esencia; otros no iniciados hubieran confundido la voz  con demonios interiores que les echaban en cara sus culpas,  para obligarlos a escapar como taimadas  liebres a mejor recaudo; en cambio, él aguzó las orejas apuntando la porosidad de su alma hasta empaparse de la entidad que se hacía audible pidiendo ayuda. Este fortuito encuentro lo refiere Dora, a los otros pasajeros, cuando abre los ojos como platos ya salida de un sueño en el que ella cree haber caído:
–Contacté un chamán. Uno de esos personajes a lo Dalai Lama de los que les interesa el reciclaje y creen que hasta las piedras del río tienen alma. Pero bien el tipo. Desconocía nuestro idioma aun así me entendía claramente. Estaba en un sitio rodeado de agua y hielo. Supo de la urgencia de frenar esta máquina e invocó al águila  para que nos comparta el secreto de su vuelo y frenado. De la misma manera que, cayendo embalada desde las alturas, a poco de chocar contra su sombra, frena su vuelo rapidísima echándose para atrás y tensando sus garras hacia la presa.
–No fue un sueño.  El sistema asimiló el ejemplo y lo puso en práctica. Estamos frenando, aunque poco pero vale. No fue un sueño.
El grupo gritó jubiloso celebrando el avance.
 El vagón disminuye su marcha, en razón de un gramo por hora, pero no es suficiente. Dora trata de retomar su “sueño” pero le es imposible reestablecer el contacto y se pierde.
Angakkuqel selecciona de su bolsa mora de los pantanos, arándano de la montaña, vara de oro, escalera de Jacob, espuela de caballero y algo de trigo sarraceno para improvisa con ello un corto ritual de purificación. Un frailecillo surca el firmamento en rúbrica de que se han marchado. Angakkugel, levemente aturdido con el encuentro con Dora, vuelve a casa.

El Popocatepetel lanza con irritación una formidable columna de polvo de piedra que las vigorosas corrientes  de aire, con que choca a gran altura, se esfuerzan por partirla. Oscar García escolta con la mirada ese humo ascendente; sabe que ese tizne sagrado conduce las suplicas de todos sus antepasados yacentes dentro de la montaña; cree que su intercesión ayudará a calmar el enjambre de temblores acaecidos en esos día. Se imbuye en un diálogo mental con Tepeyóllotl el dios de las montañas pidiendo asistencia extrema para los pueblos devastados. Mal momento para Hisaito que, dormido en su asiento, trata de abordar a García. Una andanada fresca de peyote aguza más los sentidos del chamán, pero está al límite.  Tepeyóllotl también es el dios de los jaguares, es por aquello que Hisaito observa, manteniéndose a distancia, a uno de estos felinos circundar al chamán entrelazando sus rugidos con los tremores de la montaña. El olor es acre, al parecer la fiera acaba de darse un festín puesto que trae su boca ensangrentada y lleva el olor del buitre en el pelaje; manchas que imitan las constelaciones y estrellas.
Hisaito aborta el contacto y su hilo de plata regresa como un yoyo a las manos de un niño apresurado que debe guardarlo porque ha tocado el timbre y se acaba su recreo. Abre los ojos, está empapado de sudor y acepta de buena gana el jarro con agua que le extiende la anciana. Refiere su fracaso. El vagón sigue su marcha.
-Ni modo. Abordamos a este cyberchamán es un mal momento –se disculpa ante las miradas expectantes del grupo-. Nos queda solo la abuela, es mejor que se eche a dormir.
-¿Me cuentan un cuento? –bromea y se acomoda en su asiento, le cubren con una manta y hacen silencio.
Los folletos de viaje detallaban el colosal espectáculo de un cóndor en vuelo, negro como un cuervo, entregado en toda su envergadura a circular por las supremas alturas. Sin embargo, el cóndor que tiene por delante guarda algo de gallina y cerdo por lo que la abuela frunce el ceño; en los escudos de Ecuador y Bolivia se ver diferentes, hasta parecen superhéroes, pero en fin… es que el ave había comido hasta hartarse y daba embestidas infructuosas como una gallina perseguida de los perros, tratando de elevar el vuelo. Anatolio Viracocha esa misma mañana, para reforzar sus objetos rituales, había ido hasta el Valle del Colca con la idea de arrancar unas plumas al cóndor. Imposible atraparlo en vuelo, pero con el simple ardid de depositar mucha carne de vicuña en la hondonada tentaría a los cóndores a bajar y que coman hasta hartarse. Así fue como se encontraron buscando al mismo animal.
García, de cuclillas, desplumaba a la glotona ave cuando sintió un escozor en la nuca que le hizo voltear de inmediato, ahora tenía a la abuela parada en su delante.
Hicieron amistad, la voz de la dama era meliflua y los serviciales modales de García emparejaron con la aparición inmaculada de la abuela que, imbuida en un traje de algodón blanco, collar de perlas y channel 5; aroma que había calado como una garrapata culta al cuello de una yegua elegante y no había perdido el más mínimo brío para punzar el olfato. En poco, no solo dialogaban sobre posibles nuevas soluciones a la caída libre del vagón sino que la señora había aprendido rasgos importantes de la cultura andina.
García diagnosticó y prescribió receta:
–Tenemos que abrazar las piedras, oler intensamente la tierra en que se han cosechado papas, entregarnos desnudos al chapoteo en las cristalinas aguas de la cascada, recostarnos entre la paja  o mimar a los cuyes; tenemos que sentir la materia, eso es lo que precisamente ustedes han perdido en este viaje acelerado. Funcionará como un ancla. La materia se subordina a la idea. Pero necesitamos mucha gente que colabore. Gente buena, humilde, sin pretensiones, con puro deseo de sentir a la Pachamama.
García le entregó una obsidiana grande como un puño cerrado con la petición de que la lleve a sus amigos y pongan sus manos sobre ella. Según indicaba por allí se canalizaría la energía para asociarse a la materia. Convocó a su pueblo y les ordenó que participen en un rito para calmar a unos espíritus errantes. Un centenar de participantes reunidos en su choza, tras escuchar enérgicas arengas y verlo escupir con arte las últimas flechas propiciatorias radiaron hacia el bosque para abrazar la tierra; descalzos, ingenuos, de corazón manso y espíritu dócil hicieron de ancla humana. El vagón apareció en la plaza del pueblo y sus ocupantes descendieron abriendo los ojos a medias por el repentino golpe de luz solar.

Oscar García el cyberchamán que había recurrido a las fuerzas metafísicas para colocarlas al servicio de la tecnología, fungía en realidad como un técnico honorífico de la empresa de transportes, recibió su cheque mensual y un bono extra por haber detenido el vagón. No era muy común que fallen los frenos pero había que estar preparados. Los viajeros regresaron a casa y recibieron las respectivas indemnizaciones. Dora abandonó el trabajo como dama de compañía y se puso una dulcería. El joven estuvo a tiempo para alertar a su hermano del posible percance. Angakkuqel, el chamán contactado por la compañía en el Ártico canadiense fue amonestado con una esquela en relación a mejorar sus procedimientos, en tanto que el chamán de fuego fue relegado del programa y en su lugar enviaron a un ejecutivo atemporal para  tratar de enrolar  a un indio navajo. La abuela, aprovechando su jubilación compró un billete para ir a conocer a Adán y Eva mientras que Hisaito ha ganado el Cielo, según cree; repartió sus monedas entre los habitantes del pueblo y al bajar del andén el otoño había dado ya paso al invierno.

–¡Andén Gabriel Faubre, músico por antonomasia! –anunció el parlante.
–Aquí me quedo. Adiós, que la pasen bien.


Jorge Valentín Miño 26 de febrero de 2018

Reseña del libro en: http://cffbolivia.blogspot.com


SAFE CREATIVE

Código de registro: 1807317891890
Fecha de registro31-jul-2018 16:24 UTC


domingo, 15 de julio de 2018

Komttzu


Komttzu esclavizó al planeta. Su nombre es onomatopéyico, deriva del sonido ¡kom! que lo hace al levantar el pie y ¡ttzu! cuando lo asienta. Ha aceptado que los del pueblo le llamemos así, pero añadiendo el prefijo “Do”, que significa magno, aristocrático, excelso: “Do Komttzu”. Pero, los ungidos, los sacerdotes de mi estirpe, sí estamos obligados a pronunciar –leyendo si dubita la memoria, sin decaer la inflexión de la voz– los veinte dígitos que conforman su verdadero nombre.
Ha resultado un buen regente, ahora que ha devastado a toda la clase guerrera del planeta y a todos quienes osaron levantar su voz para protestar por sus arbitrariedades. Impulsó acertadamente la construcción de robots a un nivel inalcanzable para las mentes humanas: ahora tenemos máquinas excelsas para explorar los cielos, que sin necesidad de astrónomos auscultan el espacio e imprimen boletines diarios con sus descubrimientos. Los hospitales funcionan impecablemente, como lavadoras de autos si se quiere: uno acelera alicaído por el corredor y sale del otro lado, en cuestión de minutos, retocado como un brillante cadillac, regenerado hasta la dentina. Así que la expectativa de vida ha aumentado, los pocos decesos que ocurren son producto en su integridad al descuido de acercarse demasiado a esas cajas metálicas, de color naranja, que Komttzu ha diseminado por todo el planeta –sus neuroretentores dice– que despiden la mortal carga de voltios. Por lo demás es inofensivo. Nunca la civilización estuvo más organizada. Una de sus primeras purgas que hizo fue matar a todos los sacerdotes de cualquier religión, incluidos monjas y feligreses; solo estamos los ateos conversos y el remanente de las otras religiones, que a la luz de la ciencia, Komttzu les ha inculcado el paradigma de la razón pura.
Do Komttzu es un ser, en todo lo cerebral y metódico, bastante extraño por cierto, nuestros psiquiatras diagnostican paranoia, detesta hacerse atender por las máquinas, dice apreciar la suavidad con que le tomamos los signos vitales y eso, por si solo, es un halago para todos los de nuestra especie. El informe explica su tendencia de interrumpir su marcha y voltear hacia atrás, atacado por la idea de que lo están persiguiendo; cambia la voz para despistar a alguien, sorpresivamente fija nueva residencia y mantiene costosos dobles de aluminio prensado para exponerlos en los desfiles públicos, temiendo ser agredido. Ha llegado al exceso de hacerse instalar cabellos humanos, de pelirrojas donantes; sabemos que los folículos han sido admitidos por su enmarañada red de cables y circuitos y hasta gozan de la diaria alimentación para mantenerse saludables y brillosos. Confiesa que de todas las costumbres humanas, esa de alisarse los cabellos, cada mañana, es la que más le entusiasma y es así como inicia el día para dar paso a sus largas audiencias en que resuelve con sabiduría todo lo que le traigan para el análisis. ¿Envenenar el shampoo de sus cabellos para matarle? No es mala idea, pero nadie ha intentado deshacerse de él. Solo son ideas. Ya no hará falta maquinar tales cosas, los que deseaban se fuera deben sentirse a placer; en mi calidad de ungido, por casualidad, al llevarle en la mañana la peinilla de cuarzo lila que corresponde a los días martes, para acicalar su cabeza, atendía a un extraño y por casualidad escuché este diálogo, que me ha erizado y se daba en el siguiente tono:
–Así que ¡Komttzu Do!
–Do, por delante que significa...
–¡Sí!, ¡sí! ya lo oí... rey, emperador, regente y esas cosas. Has hecho de este planeta un alcázar de la ciencia. Y has mandado a bordar ese ridículo emblema por todos lados: “Solo existe lo que la ciencia puede explicarlo” y si es como dices ¿qué sería lo demás?
–Ilusión.
–Papá se reirá de esto. No tenemos mucho tiempo para regresar a la nave. Estábamos a un año luz de distancia cuando le expliqué que mi juguete favorito se me había quedado olvidado en la Tierra. ¿Tienes aún instalado el circuito con las instrucciones del último juego en el que estábamos inmersos?
–Sí –cabizbajo– como usted lo dejó. Yo era un detective en su último juego, me cuidaba de ser perseguido  y dudaba de todo el aceite que me ponían en la mesa porque fui notificado de que se planeaba algo en mi contra.
–Bien, entonces podemos seguir jugando cuando nos marchemos.
Los seguí de cerca. Ya en el bosque, con mucha precaución, me descalcé para que mis pasos no alboroten las hojas secas. Los vi subirse a una ruinosa nave con forma de botija púrpura. Regresé con premura a casa para encender el receptor. En un golpe de audacia, hace poco, le había instalado un micrófono interestelar en un folículo piloso de una terminal de su cabello y temiendo que se distancien más allá del rango de recepción, lo encendí, con temblorosa curiosidad, escuchemos:
–Gracias por dar media vuelta para recuperar a Dohyo, mi juguete preferido, allá se hacía llamar Komttzu.
–Con “Do” o sin “Do”
–Con... pero... disculpa que te moleste con estas cosas, es que... ¡la mascota!, el Troonte... no está, ahora él se nos ha quedado.
–Lo siento amiguito, ¡no regresamos!... aprende a cuidar tus cosas. ¡Lo que nos faltaba! Un juguete: pasable, pero... olvidarse el perro en un planeta extraño, eso puede resultar peligroso.